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¿Es la timidez algo a “vencer”?

 A decir verdad, los psicólogos no tenemos mucha idea a ciencia cierta (como en tantas otras cosas) de por qué unos niños son más tímidos que otros. Lo que es seguro, es que somos pocos los que cuestionamos la idea de que la timidez sea, en sí, un problema. Soltar la necesidad de mostrarnos como expertos sabelotodo puede llevarnos a tender una invitación a la investigación conjunta sobre las emociones, de manera que ellas puedan hablar y el niño o adolescente se conviertan en protagonistas de una aventura de autodescubrimiento.

Parece que la introversión podría ser una base temperamental de carácter innato, sobre la que se puede construir una personalidad tímida en función de múltiples factores, como por ejemplo la sobreprotección de sus figuras de referencia. La emoción básica asociada a la timidez es la vergüenza, que sucede al ser el centro de atención y darse la posibilidad de ser juzgado por los demás y romper públicamente con alguna norma grupal.

El miedo a ser humillado bloquea y a menudo silencia al tímido. Cuando alguien se mete con él, no se sabe qué decir… se echa en falta en estos tensos momentos a un apuntador malicioso y afilado, que ayudara a poner límites a las faltas de respeto de los demás.

Vivimos inmersos en un sistema cultural que mira la timidez con un desprecio que incrementa el malestar emocional asociado a ser tímido. En ciertas culturas orientales la timidez sigue asociándose a un comportamiento respetuoso, por lo que se valora. Por el contrario, el modelo de éxito occidental se asocia al emprendedor, al que rompe límites, al que vende lo que sea sin importarle el “qué dirán”.

Se premia al atrevido, al que levanta la mano para preguntar, el que sale de voluntario a la pizarra y, sin mayor vergüenza, sale a la palestra a narrar sus intimidades en un poema. El mundo globalizado está hecho por y para valientes extrovertidos, que sin duda ganan posiciones sociales y lideran las organizaciones.

El niño y el adolescente tímidos se sienten limitados por una forma de ser que no han elegido, recibiendo continuamente el mensaje de que cambien, de que hay algo que está mal en ser así… Es fácil por tanto que comiencen a enfadarse mucho consigo mismos. Empiezan a ver con celos y envidia los refuerzos que reciben las personas más extrovertidas, con las que inevitablemente se comparan.

El tímido empieza a convertirse en una olla a presión de ira que inevitablemente va a reprimir, ya que su exteriorización generaría vergüenza y mayor malestar. La única válvula de escape para su ira serán precisamente las personas con las que tiene suficiente confianza para mostrar con autenticidad sus sentimientos. Recibir su enfado puede ser visto como un signo de la fortaleza del vínculo.

El propio concepto de la timidez como “algo a vencer” muestra hasta qué punto el entorno cultural presiona ciegamente hacia una lucha interna agotadora, en la que la autoestima siempre acaba resintiéndose.

La mirada de aceptación que propicia mindfulness en el acercamiento a esta dolorosa cuestión, tan asociada a la acuciante problemática en torno al abuso escolar (bullyng), acerca al niño o adolescente tímidos a valorar su particular forma de ser, en lugar de obligarle a actuar como extrovertido, y sentirse inevitablemente mal e inseguro con su falta de autenticidad.

Grandes virtudes asociadas a la timidez tienen que ver con la paciencia, la capacidad de no reaccionar, la ecuanimidad y la templanza. Sin duda, el temperamento introvertido ayuda a disfrutar de las prácticas de quietud e interiorización, que pueden resultar muy incómodas para el que naturalmente dirige su atención a la interacción extrovertida con el mundo. La quietud suele resultar ansiógena y molesta para ellos.

Ayudamos realmente al tímido comenzando por aceptar su forma de ser, respetando sus silencios sin forzarle a actuar y mirándole con buenos ojos. Forzándole a cambiar, acabaremos aumentando su vergüenza y sentimiento de inadecuación. Desde la autoaceptación, el tímido puede aprender a manejar el silencio a su favor en las interacciones sociales.

Miguel Cámara

 

 

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