ARTÍCULO

«La pataleta»

Cuando nos responsabilizamos de un menor, tendemos a pasarlo muy mal cuando entra en ese estado ajeno a nuestra racionalidad adulta al que denominamos, de forma despectiva, “pataleta”. La tolerancia a la frustración es una capacidad que se va desarrollando con el tiempo, a medida que el sistema nervioso madura y puede enviar mensajes de inhibición a la exteriorización agresiva del enfado, pero también depende en gran parte de nuestra influencia educativa: de cómo respondemos a la terrible llegada de “La Pataleta”.

Es necesario, para empezar, cambiar radicalmente nuestra actitud hacia el enfado infantil (sin duda heredado de cómo trataron nuestra ira en la infancia). En ese fuego, el niño tiene una primera toma de contacto con su propio poder. Canalizado, será lo que le llevará a perserverar con pasión en la consecución de sus metas, no dejándose desanimar por los obstáculos que va encontrando. El enfado le permite conectar con sus necesidades, y saber qué es lo que quiere.

El niño “bueno” y “dócil” aprende a negar sus necesidades, y reprime la emoción básica de la ira hasta el punto de no hacerla consciente. Se pliega a las necesidades de los demás, y tiende a ser objeto de manipulación por aquellos que muestran más energía en buscar su beneficio. Por lo tanto, para comenzar, es necesario destacar los aspectos protectores para el niño de tener derecho a enfadarse y quejarse. Lo que hoy son “sus tonterías, chiquilladas y caprichos”, mañana serán metas más racionales.

Desde ahí, podemos contener nuestra necesidad de intervenir y de cortar la expresión de la emoción. Solo estar ahí, presentes, para contenerle si vemos que puede dañar algo, a alguien, o a sí mismo. Contener con el cuerpo, marcando el límite, ya que la palabra tiene poco efecto en ese momento.

Una vez experimenta el pico de la emoción, el niño puede darse cuenta de que esa energía va bajando por sí misma… y de esta manera ir pudiendo poner conciencia en ese momento en el que va pudiendo decidir cómo seguir comportándose. Si no hemos echado leña al fuego, será más fácil que, en su justo momento, sea posible recuperar la comunicación verbal, comprender e ir racionalizando o negociando. Cerrado el ciclo completo, la pataleta puede acabar en un abrazo sentido que hace que el vínculo de confianza se renueve, revitalice y tenga sentido: le hemos acompañado hasta el final. Le hemos mostrado que no hay nada malo dentro de sí, nada que uno mismo no pueda manejar.

Esta es la senda fiable al autocontrol, ya que de lo contrario pensaremos que son las circunstancias externas las que generan y reprimen su expresión.

Miguel Cámara

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